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Palabras a usar: fruta, cara, cuadro, zafiro, desamor, compras, ángel, electrónico, gota, vacío.
Llover de fuera hacia dentro
Como cada vez que sufría un desamor, Layla se fue de compras. Siempre se repetía el mismo ciclo: entregaba su corazón, lo ponía en manos incautas, lo exprimían como a una fruta, se bebían su néctar noche tras noche, y cuando se hartaban del sabor, se lo devolvían exangüe, tiritando de frío, con toda la antigua gloria y plenitud que lo había envuelto despellejadas. Ella se lo comía, sin masticar, para no maltratarlo más. Y así se acomodaba de nuevo en su pecho, y ocupaba un vacío que no menguaba.
Pero cuando entraba en una tienda, el agujero negro de su cerebro dejaba de sorber sus buenos pensamientos. Con todas esas luces las sombras no tenían terreno, y toda aquella ropa, aquellos libros, todo artículo electrónico y todo cosmético revestían la vacuidad de sus compradores. Estaban allí para embutirlos en una sensación mejor, para ser un patético suplente de lo que necesitaban. La ropa, para ayudarlos a fingir lo que no eran. Los libros, para olvidarse de su propia historia. La tecnología, para distraerlos de la realidad. El maquillaje, para camuflar el paso del tiempo. Todo era un barniz ilusorio. Y mientras vaciaba su cartera en toda aquella inutilidad, Layla sentía que hacía lo correcto.
Salió a la calle cargada de bolsas, y pateó la acera, manteniéndose cerca del embrujo tentativo de los escaparates. Pero entonces sus ojos tropezaron con una joyería que tenía expuestos tesoros extraordinarios de precios exorbitantes. No pudo resistirse a pararse a soñar. Y su rendición la premió con su reflejo fantasmal sobre el escaparate, que la revistió en ese espejismo con una fabulosa gargantilla de plata con incrustaciones de zafiro. Así, así, pensó Layla. Así me habrían pintado en otro siglo; con este aspecto me habrían claveteado en la pared del salón, sobre la chimenea, encerrada en los márgenes inmortales de un cuadro. Generación tras generación me observarían ojos que algún día habrían olvidado mi nombre. Un día naufragaría en la marea del tiempo, y solamente se referirían a mí como: La dama de la cara de ángel.
Una gota impactó en su mejilla, poniendo la lágrima que sucedía a su nostalgia.
Toda su tristeza se había ido por el desagüe. Había desembocado en el mar en que se había diluido su yo alternativo. Aquel al que habían amado en el pasado, tanto como para cercar las palpitaciones de su garganta con una joya carísima, para que sus latidos no volasen lejos.
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