Palabras Trampa es un juego para la creatividad narrativa. Consiste en que a partir de diez palabras aleatorias (palabras que por otro lado no se pueden declinar ni a las que se les puede alterar el género; es decir, hay que usarlas tal cuál se plantean) tengo que escribir un relato corto introduciéndolas todas ellas en el texto de manera coherente.
Éste será uno de los muchos apartados que iré añadiendo al blog.
Dejo mi primer relato de éstas caractéristicas ;).
[#1]
Palabras a
usar: quizá, manisero, filloa, zumo, abalorios, uñero, labios
rojos, repiquetear, ginebra.
Olor a sexo e infancia
La
ginebra
es un buen consuelo para el alma solitaria. Y una prostituta, para no
dejar que el cuerpo se aletargue en la sed de placer. Si el alma
pesa, el cuerpo pesa, y si se hace ancla no hay pasión que eleve
a uno ni a otro.
Por
temor a morir en vida es que no rechacé a la voluptuosa mujer que me
cogió la mano, que había descansado en la barra engarfiada a un
vaso que nunca se vaciaba de veneno, y la posó sobre uno de sus
senos, que abultaba sobre un apretado corsé cuyo escote estaba
orlado con abalorios
de colores. Llevaba el semáforo que pausaba el ritmo de un trote que
corría por alcanzar la meta de su decadencia.
De
su cara solo recuerdo sus labios rojos.
Quizá
fuera guapa, quizá no.
No
importaba. Porque su cometido era ser mi fantasía aquella noche.
Su
brazo se encadenó al mío, y sin rechistar dejé que me guiara a
través de unas escaleras que nos llevaron al piso de arriba. Un
pasillo estrecho recibió nuestras zancadas y nos perdimos en el
interior que guardaba una de las múltiples puertas. La habitación
era pequeña y oscura, mal ventilada. Las
paredes eran de papel, y se oía el repiquetear
de amores ajenos. Las
sabanas de
la cama deshecha ya
se habían impregnado del sudor de otras pasiones. Era un escenario
deprimente, y ella lo sabía, por eso cercó mi visión,
estrechándome contra
su cuerpo. Un profundo olor a cítrico invadió mi olfato. Y sin
saber muy bien porque, recordé el zumo
de naranja mañanero que mi madre ponía delante de mis narices
siendo niño. Acordarme de eso me trajo más recuerdos a la memoria,
como la filloa
que tanto me gustaba y que mi madre me freía cuando me portaba bien.
O las tardes en el parque, cuando interceptábamos al manisero
ambulante que nos enriquecía las horas de
juego con
el sabor de los cacahuetes tostados que vendía. O los manotazos que
me daba cuando me sorprendía mordiéndome las uñas, como si no
tuviera drama suficiente con que en cada dedo luciese un uñero
sanguinolento.
No
sé por qué se agolparon esas imágenes en mi mente. Pero de pronto
tuve
sed de olvido.
··~··
